8:08 de la Mañana.
Para variar entraba en la oficina un poco tarde, cosa que tampoco importaba porque era de los primeros en llegar, a comienzos de noviembre ya hacía bastante frío y reinaba un ambiente melancólico, aunque no era eso lo que me inquietaba cada mañana al sentarme en mi mesa.
Allí estaban ya cuatro de mis compañeros, cada uno con su araña encajada en la nuca, escondida entre los cabellos. No sé en qué momento se naturalizó aquello. Al principio resultaba alarmante, salía en las noticias constantemente como una epidemia, aunque habiendo tantos casos y un porcentaje tan bajo de fallecimientos no era de extrañar que llegara el día en el que hubiera quien incluso iba destacándola, recogiéndose el pelo para dejar patente que tenía una o quien la adornara.
Una vez que te picaba y se quedaba unida a tí, con tratamiento podías llegar a quitártela sin que tuviera mayor repercusión, pero ya te había impregnado y si no seguías al pie de la letra el tratamiento otra ocupaba rápidamente su lugar. Las consecuencias no eran inmediatas, poco a poco a lo largo del tiempo el humor cambiaba, desaparecía la energía, todo era un mundo, hasta el punto en el que seguías viviendo tu vida sin ningún tipo de ánimo. Había incluso quien simplemente un buen día se quedaba en la cama y no volvía a salir, o quien desesperado, terminaba tirándose de un puente.
Sobre mi sitio, mientras revisaba mis mails, una de ellas pululaba. Por ahora yo seguía libre pero no había manera de concentrarse y eso solo hacía activarla mas. No podía intentar matarla o espantarla porque el resto de compañeros se encararían conmigo, al hacerlo probablemente provocara que les picara a alguno de los que también seguían libres, era algo sobre lo que ya ni se hablaba, un tabú en toda regla, pero que teníamos presente cada día.
13:49, entra el mail que estaba esperando toda la mañana, no me lo podía creer! el trabajo de dos años enteros echado por tierra, en parte por mi culpa, que no estaba centrado para nada, y en parte por culpa de mi supervisor, que estaba bastante peor que yo, porque además ya tenía a uno de esos bichos instalados en su vida. Desesperado empiezo a buscarle posibles soluciones planteándome incluso directamente levantarme e irme, pero aquéllo no tenía vuelta de hoja, tocaba asumirlo y encararlo, ya veríamos por donde salía todo. Fue en aquel momento de despiste cuando se deslizó y sin darme cuenta se unió a mí. Nadie me avisó, nadie me dijo nada. Al llegar a casa me metí en la ducha y rompí a llorar mientras me enjabonaba el pelo, ahí la sentí, si, lo había conseguido ya era presa suya.
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